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Estudios sobre la peste

ESTUDIOS SOBRE LA PESTE

A mediados del siglo XIV (1346-1353) un bacilo Gram negativo denominado Yersinia pestis desencadenó un pandemonio epidémico que pasó a la Historia como «muerte negra». Aproximadamente uno de cada tres europeos de la época murieron. La bacteria no siempre se llamó así; inicialmente Pasteurella pestis, se la rebautizó como Yersinia pestis, tras la creación en 1967, del género Yersinia patronímico del microbiólogo franco-suizo Alexander Yersin.

La terrible epidemia de peste bubónica coincidió en el tiempo con el inicio de la llamada «Pequeña Era Glacial» (fecha imprecisa a comienzos del siglo XIV) que siguió a varios [siglos] de clima excepcionalmente cálido. El cambio climático junto con la expansión incontrolada de la peste (se produjeron varios brotes tras la epidemia inicial), cambiaron el curso de la Historia. El feudalismo como régimen político quedó herido de muerte debido, en gran parte, a la drástica reducción de e la población vasalla.



Un médico saja un bubón (ganglio linfático infectado)

No fue la primera vez que la «muerte negra» cambió el curso de la Historia. Ya en el siglo VI, la denominada peste de Justiniano contribuyó a la caída de Bizancio, un imperio que tomó su nombre del emperador griego Bizos.

La denominada peste de Justiniano es la primera que figura en los registros históricos. Bizancio (actual Estambul) era ya en la antigüedad una inmensa urbe donde vivían alrededor de 800.000 personas. La peste acabó con la vida del 40% de la población, extendiéndose rápidamente a todo el imperio. El propio emperador [Justiniano] sufrió la enfermedad pero sobrevivió. Según las crónicas el número de muertos superaba al de vivos. La «peste de Justiniano» fue, en parte, desencadenante del fin del imperio bizantino.

Más atrás en el tiempo existen muchas preguntas irresueltas: ¿cómo influyó la peste de Atenas en la resolución de las Guerras del Peloponeso? Como sucede en tantas ocasiones, la mitología enriquece al mismo tiempo que desvirtúa la Historia.

Un estudio (Early Divergent Strains of Yersinia pestis in Eurasia 5,000 Years Ago) publicado en la revista Cell aporta información de que la humanidad y el bacilo de la peste han ido a la par desde hace 5.000 años aproximadamente.


Cuando antecedemos en la prehistoria, apenas podemos afirmar, solo especular con más o menos fortuna e inferir probables conclusiones a partir de escasos y fragmentarios datos. Es posible que epidemias de peste durante la «Edad de Bronce» hayan contribuido a migraciones humanas de una magnitud imposible de cuantificar.

El estudio de la revista Cell surgió de un trabajo previo realizado por el grupo dirigido por el genetista danés Eske Villersley. Durante su investigación extrajeron ADN humano de 101 huesos hallados en Europa (principalmente Polonia) y Asia (Siberia), cuya datación mediante C14 los sitúa entre 3.000 y 5.000 años de antigüedad («Edad de Bronce»). Los perfiles genéticos de los huesos datados cambiaron drásticamente en alguna fecha imprecisa hace alrededor de 4.500 años. En esa remota época el ADN de nuestros antepasados que vivían en lo que hoy es Europa oriental adquirió un sorprendente parecido con los yamnaya, un pueblo nómada del oeste ruso asentado en los valles del río Volga.

Se sospecha que ese cambio podría estar relacionado con epidemias que diezmaron las poblaciones, ocupando su espacio vital poblaciones del lejano oriente.

Analizar el ADN humano en huesos no es una tarea sencilla. Primero es necesario descartar el ADN microbiano que contamina los huesos, por muy bien que se hubiesen conservado. Una vez desechado el ADN contaminante (bacteriano), los científicos comienzan una tarea que formalmente se parece a un juego infantil: construir un puzle con los fragmentos de ADN humano recopilados, junto a otros ya conocidos de investigaciones previas. Sin embargo, el grupo de trabajo de Eske Willersley no descartó como contaminante todo el ADN microbiano de los huesos humanos recuperados. Antes bien, investigaron la presencia de material genético de Yersinia pestis, el bacilo de la peste, a pesar de que las primeras evidencias de una infección por este bacilo datan de miles de años más tarde. Según Eske Willersley la peste era una posibilidad remota. La suerte favorece a quien la busca, decía Louis Pasteur. Este fue el caso: de los 101 restos humanos analizados (obtenidos desde Polonia a Siberia). Se hallaron restos genómicos de Yersinia pestis en siete huesos, casi todos ellos dientes.

Comparando el genoma arqueológico de Yersinia pestis con el del genoma actual del bacilo, se ha podido pergeñar su historia filogenética (evolutiva).

La peste se manifiesta clínicamente de tres maneras: bubónica, septicémica y neumónica.

La peste bubónica debuta con fiebre elevada, cefalea, malestar creciente, debilidad e inflamación de los ganglios linfáticos que adquieren una apariencia negruzca (bubones), de donde deriva el sintagma «muerte negra». Desde los ganglios linfáticos el bacilo alcanza la circulación sistémica, desencadenando la peste septicémica.

La peste septicémica se inicia con idéntica sintomatología a la peste bubónica, pero enseguida se complica con intenso dolor abdominal y hemorragias en la piel y otros órganos. Aparece hipotensión que antecede al colapso circulatorio. Normalmente la peste septicémica es una complicación de la peste bubónica no-tratada. La versión septicémica es mortal en pocos días, en ocasiones sin que haya dado tiempo a que aparezcan las clásicas manchas negruzcas en manos, brazos, pies y piernas (ganglios linfáticos infectados o bubones).

La peste neumónica tiene una sintomatología específica: disnea (insuficiencia respiratoria), dolor torácico, tos y hemoptisis (esputos sanguinolentos). Este tipo de peste se produce, bien por contagio directo entre humanos por vía respiratoria, o por la afectación pulmonar de una peste septicémica. Es la forma más letal (transmisión directa entre humanos) y en gran medida responsable de las terribles epidemias de peste.


Las pulgas actúan como vectores entre las ratas y los humanos.

Sin embargo, durante la «Edad del Bronce» el genoma (conjunto de genes) del bacilo de la peste no contenía el gen que protege a las pulgas de infección y les permite actuar como vectores de contagio.

El bacilo (arqueológico) portaba ya los genes que lo hacen mortal para los humanos. Tal vez las pulgas no hayan sido siempre vectores del bacilo. Es muy probable que nuestros antepasados se contagiasen directamente al cazar (y seguramente consumir) roedores. Aunque muy raramente, se continúan produciendo contagios directos hoy día, sobre todo desde las marmotas a los humanos. Mientras el contagio era directo de roedor a humano, no se producían epidemias o éstas eran de una extensión limitada. Cuando las pulgas entraron en el circuito de contagio, surgieron los temibles brotes epidémicos.

Esta investigación en el ámbito puramente académico tiene a primera vista un escaso interés clínico. Hay quien, incluso, cuestiona muchas de las conclusiones como estrictamente especulativas. Sin embargo, la comprensión de cómo vivían, morían y migraban nuestros antepasados nos puede ayudar a entender, aunque tal vez no a asumir, nuestros quebrantos sanitarios actuales.

Zaragoza, a 18 de abril de 2020

Dr. José Manuel López Tricas

Farmacéutico especialista Farmacia Hospitalaria

Farmacia Las Fuentes

Florentino Ballesteros, 11-13

50002 Zaragoza

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Lopeztricas Jose-Manuel,
18 abr. 2020 10:14
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