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Maurice R. Hilleman: un gran hombre olvidado

MAURICE R. HILLEMAN: UN GRAN HOMBRE OLVIDADO

Nuestro mundo desarrollado vive en una burbuja epidemiológica; y no somos muy conscientes de ello. Graves enfermedades que, desde siempre, han determinado un destino azaroso durante la infancia, las vemos hoy día como historias lejanas. Mientras nuestras abuelas identificaban sin lugar a dudas un cuadro de sarampión infantil, en la actualidad incluso los hospitales han de recurrir a los Clínicos con mayor experiencia para confirmar el diagnóstico (¿es realmente lo que parece que es?).

Debemos nuestro bienestar, y en muchos casos nuestra vida, al trabajo de un hombre y a los sucesos que acaecieron durante la primavera de hace exactamente medio siglo.

Situémonos: es la 1 de la madrugada del 21 de marzo del año 1963. Un irascible pero a la vez modesto científico de Merck llamado Maurice R. Hilleman se despertó en su hogar de Lafayette Hill, en Philadelphia, Estados Unidos. Su hija de cinco años, Jeryl Lynn, lloraba molesta por una úlcera en la garganta.

El examen clínico le permitió observar inflamación detrás de su mandíbula, signo clínico indicativo de parotiditis (paperas). Poco podía hacerse en aquella época, más allá de colocar a la niña en una postura que facilitase el drenaje de las glándulas parotídeas.

Para muchos niños la parotiditis era una enfermedad banal sin mayores consecuencias, pero el Dr. Hilleman sabía que en ocasiones derivaba en un cuadro más grave con secuelas que iban desde la sordera a la incapacidad permanente.

El Dr. Hilleman limpió la parte posterior de la garganta de su hija, tomando muestras que sumergió en un caldo de cultivo, transportándolo rápidamente al congelador de su laboratorio.

El nombre de Maurice Hilleman no es muy conocido, pero hoy casi todos los niños reciben la vacuna denominada “triple vírica” (contra el sarampión, parotiditis y rubéola), que él desarrolló a partir del frotis que recogió de la garganta de su hija aquella, hemos de suponer, angustiosa noche.

Pero la vacuna “triple vírica” no constituyó la única contribución de Maurice R. Hilleman. Cuando falleció, en el año 2005, muchos investigadores estaban de acuerdo con el hecho de que sus hallazgos habían salvado más vidas que cualquier otro avance médico durante el siglo XX.

Durante su vida profesional Maurice R. Hilleman concibió o mejoró sustancialmente más de 25 vacunas, incluyendo 9 de las 14 que se recomiendan a los niños de manera rutinaria.

Cuando era un hombre joven, Maurice Hilleman solo aspiraba a ser gerente en el almacén J.C. Penney. Su personalidad era incompatible con este trabajo. De hecho, cuando se le preguntaba de qué se sentía más orgulloso en su vida, solía responder: “haber sobrevivido mientras era un bastardo”).

Tras obtener su Ph.D. en Microbiología en la Universidad de Chicago, Illinois, Estados Unidos, entró en Laboratorios Merck. Sus maneras poco sofisticadas le marginaban dentro de la empresa. Según el Dr. Fauci, “Maurice solía emplear un vocabulario con abundantes palabrotas, incluso cuando trabajaba como revisor (peer) de artículos científicos”.

Las vacunas son herramientas que dinamizan el sistema inmunitario, estimulándolo para resistir frente a una enfermedad infecciosa, sin desencadenar los síntomas característicos de la infección. La elaboración de las primeras vacunas tenía más de arte que de ciencia, en palabras de Paul A. Offit, pediatra de Philadelphia, autor de “Vaccinated” una biografía de Maurice R. Hilleman, escrita en el año 2007.

La práctica general de preparación de vacunas consiste en aislar un organismo infeccioso, descubrir cómo mantenerlo vivo en el laboratorio, para debilitarlo (atenuar su virulencia) mediante la inoculación repetida en embriones de pollo. Tras varios ciclos de multiplicación en embriones de pollo, los microorganismos infecciosos pierden su capacidad de división en los humanos, esto es, atenúan su virulencia, pero mantienen la capacidad residual de inducir la respuesta inmune. Otras etapas en el desarrollo de vacunas, sobre las que el Dr. Hilleman mostró un particular interés fueron la seguridad y los potenciales efectos secundarios.

En la primavera de 1963, hace pues medio siglo, la Food and Drug Administration (FDA) norteamericana otorgó la primera licencia para una vacuna contra el sarampión. Gran parte del trabajo inicial sobre el virus causante del sarampión se había realizado en el laboratorio de John F. Enders, en el Boston Children’s Hospital. [John Franklin Enders ex aequo Thomas Huckle Weller y Frederick Chapman Robbins, fueron galardonados con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 1954 por sus trabajos sobre el cultivo celular de los virus de la poliomielitis]. Las preparaciones iniciales de la vacuna desencadenaban eritema y fiebre. Fue en este punto cuando el Dr. Hilleman comenzó a trabajar para mejorar estas vacunas.

Impelidos por los Organismos de Salud Pública para frenar una enfermedad que mataba cada año a unos 500 niños en Estados Unidos, los doctores Hilleman y Joseph Stokes idearon una manera de disminuir los efectos adversos asociados con las primeras vacunas. El procedimiento consistía en inyectar una γ-globulina en un brazo del niño y la vacuna contra el sarampión en el otro brazo. Este modo de proceder representó el comienzo del fin de esta enfermedad en Estados Unidos.

Maurice R. Hilleman dedicó el siguiente cuatrienio a perfeccionar la vacuna, obteniendo una cepa (Moraten [acrónimo de “More attenuated enders”]) mucho más segura, y que hoy día continúa vigente. Como siempre, el Dr. Hilleman se mantenía en un segundo plano.

Hace ahora también medio siglo, esto es, en la primavera de 1963, se produjo otro avance trascendental en el desarrollo de la futura vacuna “triple vírica”: una epidemia de rubéola se desencadenó en Europa, extendiéndose rápidamente por todo el mundo. Los efectos fueron devastadores: solo en los Estados Unidos las infecciones que afectaron a embarazadas durante el primer trimestre de gestación causaron más de 11.000 abortos, según el CDC (Centers for Disease Control and Prevention). Otros 20.000 niños cuyas madres habían padecido rubéola durante su embarazo nacieron con diversas deficiencias, desde sordera, a enfermedad cardíaca y cataratas. Se describió el cuadro de infección congénita por rubéola materna.

El Dr. Hilleman había ensayado su propia vacuna cuando la epidemia terminó en el año 1965. Acordó trabajar con una vacuna que habían desarrollado las Autoridades Federales a la que se referiría más tarde como “tóxica, tóxica, tóxica”. Maurice R. Hilleman perfeccionó la vacuna, consiguiendo la autorización de la FDA en el año 1969; y, lo más importante, se evitó otra epidemia de rubéola con su terrible peaje de sufrimiento y vidas futuras. Finalmente en el año 1971, el Dr. Hilleman juntó las vacunas de sarampión, parotiditis y rubéola en una preparación única (“triple vírica”), reduciendo el número de inyecciones de seis a dos. Sin embargo hubo ulteriores mejoras: en el año 1978 Stanley Plotkin, a la sazón en el Wistar Institute (Philadelphia) desarrolló una versión mejorada de la vacuna anti-rubéola. Maurice R. Hilleman obtuvo autorización del Dr. Plotkin para usar este preparado a fin de obtener una vacuna “triple vírica” mejorada. Fue una decisión económicamente costosa para Merck. Como tantas veces el Dr. Hilleman se situó en un inmerecido segundo plano. No es que Maurice R. Hilleman no tuviese ego, pero siempre lo supeditó al valor de la excelencia.

Dada la obsesión del Dr. Hilleman con la seguridad y efectividad, fue una amarga sorpresa cuando en los últimos años de su vida, su vacuna fue el centro de lo que el Dr. Offit llamó “una perfecta tormenta de miedo”. En el año 1998, la prestigiosa revista médica británica The Lancet publicó un artículo en el que afirmaba que la vacuna “triple vírica” (M.M.R., de las iniciales en inglés de Measles, Mump y Rubella) había causado una epidemia de autismo.

El autor del artículo de The Lancet, Andrew Wakefield, se convirtió en una celebridad mediática lo que indujo a que algunos padres se negasen a inmunizar a sus hijos con la vacuna “triple vírica” (M.M.R., como se suele designar internacionalmente). El éxito de la vacuna había hecho olvidar del imaginario colectivo las devastadoras consecuencias asociadas con los padecimientos que la vacuna conseguía prevenir. El Dr. Hilleman que habría sido merecedor del Premio Nobel de Fisiología y Medicina tuvo que vivir recibiendo descalificaciones e incluso amenazas de muerte.

Numerosos estudios desvincularon cualquier potencial relación entre la vacuna “triple vírica” y el autismo. El artículo ha sido retractado y la revista The Lancet realizó palinodia de la publicación. En el año 2010, las autoridades médicas británicas prohibieron a Andrew Wakefield la práctica de la medicina.

La rectificación de The Lancet llegó demasiado tarde para el Dr. Hilleman, quien poco tiempo antes había muerto de cáncer; pero también llegó tarde para muchos padres que erróneamente no habían vacunado a sus hijos. Solo en el año 2011 un brote de sarampión en Europa hizo enfermar a 26.000 niños, muriendo 9 de ellos. Dado que la enfermedad es muy contagiosa todavía se producen casos esporádicos entre personas no vacunadas.

Aunque a título póstumo, hay que reconocer el inmenso valor del trabajo de Maurice R. Hilleman. La Measles and Rubella Iniciative, una campaña mundial organizada en el año 2001 suministró vacuna “triple vírica” a un mil millones de niños en el siglo XXI, previniendo casi 10 millones de muertes, por menos de $2 cada dosis.

Aquella niña (la hija del Dr. Hilleman) del año 1963, de cuya garganta se extrajeron las cepas que hicieron posible salvar un sinnúmero de vidas, es ahora una consultora de biotecnología en Silicon Valley, California, Estados Unidos; solo en ese país, la incidencia actual de sarampión es de menos de 1.000 casos al año, cuando en la primavera de hace medio siglo era de 186.000.

Zaragoza, 14 de agosto de 2013

Dr. José Manuel López Tricas

Farmacéutico especialista Farmacia Hospitalaria

Farmacia Las Fuentes

C/Florentino Ballesteros, 11-13

50002 Zaragoza (Spain)

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José Manuel López Tricas,
13 may. 2013 13:09
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