Lecciones de otras pandemias

publicado a la‎(s)‎ 31 mar 2021 11:23 por Lopeztricas Jose-Manuel

LECCIONES DE OTRAS PANDEMIAS


En mayo del año 1919, la revista Science publicaba un artículo de George A. Soper titulado «las lecciones de la pandemia».

George A. Soper, ingeniero civil y sanitario, había pergeñado un plan para ventilar el suburbano (metro) de New York. Su prestigio era anterior: ya en el año 1904 había relacionado una serie de brotes de fiebre tifoidea con una cocinera, Mary Mallon, que era inmune a la infección (Typhoid Mary, the first asymptomatic superspreader known to moderm science). En efecto, Mary Mallon fue la primera persona supercontagiadora de que se tenga registro en la ciencia médica moderna.

Era el año 1919; la pandemia de la erróneamente denominada gripe española (1918-1919) parecía llegar a su final, dejando un rastro de más de 50 millones de muertos (equivalente a unos 200 millones extrapolando a la población mundial actual). La mortalidad es imprecisa; tal vez fue superior, en cualquier caso mayor que la debida a las dos guerras mundiales juntas. Uno de los aspectos más asombrosos de la pandemia de gripe española era que se ignoraba todo sobre ella: los virus no se habían descubierto, creyéndose que se trataba de una infección bacteriana causada por especies del género Influenzae, error que perdurado semánticamente, razón por la que el término inglés para la gripe es influenza, a veces abreviado como flu. De hecho, el virus causante de la pandemia de 1918-1919 se descubrió durante la década de 1990, designándose virus de influenza tipo A H1N1.

La gripe española era una infección respiratoria cuya complicación era la neumonía. Faltaban bastantes años para el descubrimiento de los antibióticos que, además hubiesen sido inútiles al tratarse de una infección vírica.

La actual pandemia de covid-19 está causada por un tipo de coronavirus, designado SARS-CoV-2, derivado de otro (SARS-CoV) surgido también en China en 2003, cuya extensión pandémica fue limitada por un hecho trascendente: solo los infectados sintomáticos eran contagiosos, a diferencia del actual en que las personas transmiten la infección antes de que debuten los primeros síntomas. Aquella otra infección por coronavirus de comienzos de siglo quedó constreñida a menos de diez mil casos en todo el mundo, aun cuando la mortalidad fue elevada (aproximadamente el 10% de los infectados).

Otras diferencias importantes con la pandemia de 1918-1919 es que, pocos días después de aparecer los primeros casos de la actual pandemia, se había conseguido secuenciar su genoma (estructura genética); y, en breve tiempo (menos de un año) se han desarrollado varias vacunas; las mutaciones se monitorizan y se lleva un registro de casos. Sin embargo, en muchos aspectos no se ha mejorado sustancialmente: no se disponen de medicamentos específicos que contrarresten la infección, obligando a usar de modo empírico, y arriesgado fármacos diseñados para otras indicaciones en la esperanza de que los beneficios superen los evidentes riesgos.

Hace más de dos décadas que se anunciaba una posible pandemia, bien es verdad que de gripe (una segunda gripe española, rémora de aquella otra de hace un siglo). No se prestó atención a los augurios. No parecía creíble que algo así pudiera suceder. Incluso centros médicos referenciales tardaron en reconocer la transmisión aérea de la infección, perdiéndose un tiempo valioso.

Se trabaja mal bajo presión, tanto individual como colectivamente. Este es el caso en la actual pandemia covid-19. Es como enderezar el rumbo de un barco cuando el agua de las sentinas llega a la cubierta. Bajo estas condiciones se propende a tomar decisiones rápidas, improvisadas y muchas veces fallidas.

EL BROTE DE CORONAVIRUS SARS-CoV-2

Los CDC estadounidenses (Center for Disease Control and Prevention) consideran el año 2020 como el más mortífero de la Historia reciente de Estados Unidos; una situación no muy distinta de la vivida en otros países, España entre ellos, no superada ni por el aciago trienio de la Guerra Civil (1936-1939), considerando cada año individualmente.

Y todo ello a pesar de las restricciones sociales y emocionales (aislamiento, limitación de movimientos, ansiedad, angustia y depresión) y la pérdida de familiares y amigos, sin los efectos lenitivos del duelo. Quizás así se haya logrado refrenar la rápida expansión del virus que, de otra manera, habría terminado por afectar a casi toda la Humanidad. Un año después (escribo esto los últimos días de marzo de 2021), la sociedad continúa temerosa, asumiendo como inevitables las restricciones y sin un faro al que aferrarse en medio de la tormenta. La actual pandemia (¡quién nos lo iba a decir!) tendrá un efecto dicotómico: la sociedad será diferente, lo seremos también cada uno de nosotros. Para un número impresionante y, hoy por hoy, imposible de estimar con fiabilidad no podrá ser: habrán muerto, muchas veces en amarga soledad, sin opción a un soporte ventilatorio. Éticamente es insoportable, intelectualmente es inaceptable. Cuando todo pase, habrá que exigir responsabilidades, no tanto por acción como por omisión. Nuestras libertades se han visto recortadas en aras de un bien superior, salvar la vida de nuestros conciudadanos. Existe el riesgo de irreversibilidad de la pérdida de nuestros derechos civiles.

La industria farmacéutica ha abandonado años ha, la investigación a futuro en búsqueda de beneficios inmediatos. Es así como el mundo carece de eficaces medicamentos antivirales que hubiesen impedido la actual crisis sanitaria mundial. Pero tales proyectos solo se pueden llevar a cabo a largo o muy largo plazo.

Hemos descubierto que el progreso tecnológico y la especulación solo ofrecen ventajas a grupos sociales muy limitados, mientras empobrece y conduce a un reduccionismo perverso al conjunto de la sociedad. Nadie ha cuestionado las políticas basadas en la codicia que se aplican cual mantra económico desde hace muchos años. ¡De aquellos barros estos lodos!

Volviendo a los textos publicados por George A. Soper a raíz de la pandemia de gripe de 1918-1919, algunos de sus consejos siguen estando vigentes: evitar el hacinamiento y usar mascarillas que eviten los aerosoles al respirar o hablar.

También entonces las recomendaciones tuvieron sus detractores, sus indiferentes. Al igual que ahora, hace un siglo faltaron personas con la autoridad y credibilidad necesarias para generar confianza en sus decisiones.

Hay, no obstante, otro aspecto importante: la sociedad actual, como la de hace un siglo, no puede vivir aislada; es un desafío ético que no podrá mantenerse durante mucho tiempo porque compromete la salud y el bienestar. Podemos hacer prevalecer la ética del deber sobre la ética del deseo, pero esta situación no puede perdurar. Las religiones, las asociaciones varias, incluso las revoluciones crean los vínculos en los que se sostiene nuestra sociedad. Somos individuales en la medida que cedemos parte de nuestra unicidad al grupo. El escenario actual nos impide la cercanía, el contacto (físico y afectivo), nos aísla y torna peligrosos para nuestros semejantes. Este modo de proceder es contrario a la razón, incluso a la salud individual y colectiva.

Una semana antes de que se publicase Lessons en 1919, George A. Soper publicó otro artículo en el New York Medical Journal, en el que defendía la creación de una comisión internacional de salud. En su argumentación escribía: …no se debe dejar a los caprichos del azar el avance de [esas] formas de enfermedad, a riesgo de que se conviertan en pestilencias [It should not be left to the vagaries of chance to encourage or stay the progress of those forms of disease, which neglected, become pestilences]. Recomendó la existencia de una agencia supra-gubernamental para investigar y monitorizar las enfermedades peligrosas, añadiendo que debía ser una institución viva, eficiente y enérgica con poderes reales, capaz de hacer grandes cosas [a live, efficient, energetic institution possessing real powers and capable of doing large things].

Su recomendación fue seguida con la Oficina Internacional de Salud Pública, establecida en París en 1908, integrada más tarde en la Organización Mundial de la Salud cuando ésta se creó en 1948.

George A. Soper escribió en 1919: esperemos que el trabajo [de la Organización Mundial de la Salud] constituía en 1948, dos años antes de su muerte sea capaz de anticiparse a la próxima pandemia. Un siglo después estamos lamentando que no ha sido así, tristemente, muy tristemente.

Zaragoza a 31 de marzo de 2021

Dr. José Manuel López Tricas

Farmacéutico especialista Farmacia Hospitalaria

Farmacia Las Fuentes

Zaragoza

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