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Cáncer y Holocausto

CÁNCER Y HOLOCAUSTO



Un interesante estudio retrospectivo llevado a cabo en Israel, ha encontrado una incidencia de cáncer muy superior entre los judíos europeos que emigraron a Israel después del Holocausto, que entre quienes emigraron a los territorios que más tarde llegarían a constituir el estado de Israel antes o durante la II Guerra Mundial.

La frecuencia de cáncer de mama y colorrectal fue especialmente elevada entre los judíos que sobrevivieron en la Europa ocupada. Los resultados de este interesante estudio han sido publicados en la revista especializada The Journal of the National Cancer Institute.

La disparidad más llamativa se observa entre quienes eran más jóvenes durante los años de la guerra,  de tal manera que de las 315.544 personas estudiadas, los hombres nacidos en Europa entre los años 1940 y 1945, y que pasaron su primeros años de vida en la Europa ocupada, desarrollaron cánceres en a edad adulta con una frecuencia tres veces y media superior en relación a aquellos que huyeron con sus padres, o bien éstos enviaron a sus hijos a lo que al final de la guerra llegaría a constituirse como el estado de Israel. En el caso de las mujeres, la incidencia de cáncer de mama a lo largo de los años fue doble entre las que pasaron su infancia en la Europa ocupada. En el estudio se incluyeron tanto a las personas que sufrieron internamiento en campos de concentración, y sobrevivieron, como a aquellos que permanecieron escondidos los años de la ocupación.

La cuestión acerca de si la vida en los campos de concentración, o en otras condiciones, pésimas en cualquier caso, ha contribuido al desarrollo de cánceres en los años siguientes, ha sido durante mucho tiempo sujeto de debate entre los expertos israelíes.

El primer firmante del trabajo, Dr. Micha Barchana, escribe: “los supervivientes del Holocausto son tratados como una población especial en Israel. El asunto es, pues, muy sensible. Son personas que han padecido graves traumas, y se ha sido especialmente cuidadoso para no traumatizarlas de nuevo”. Antes de publicar los resultados del trabajo se ha contactado con grupos y asociaciones de supervivientes al objeto de valorar su reacción.

Los médicos israelíes han indagado, sin hallar respuesta, en las discrepancias en la frecuencia de aparición del cáncer entre los judíos Ashkenazi (de origen centroeuropeo) y los Sefarditas (descendientes de los judíos que se asentaron en España antes de su expulsión masiva). Se ha buscado la explicación en mutaciones genéticas, pero éstas por sí solas no explican tales diferencias.

El asunto, aunque interesante, no permite extraer conclusiones sencillas, pues a las condiciones de malnutrición prolongada, infecciones y otras circunstancias adversas, hay que añadir el estrés psicológico que muchos continuaron padeciendo después de la guerra, e incluso, en no pocos casos, durante el resto de sus vidas.

Como cualquier brillante investigación, plantea más preguntas de las que resuelve. ¿Cómo se pueden ensamblar aspectos tan diversos como la  restricción calórica, la exposición a patógenos y el estrés psicosocial en un concepto único, manejable desde un punto de vista científico?.

Las experiencias de los supervivientes eran muy diferentes. El estudio incluyó a judíos nacidos en la Europa bajo dominación nazi, en el periodo 1920 y 1945. Algunos vivieron en ghettos, otros sobrevivieron ocultándose permanentemente; y los más infortunados en campos de concentración.

En cualquier caso, la asociación entre la experiencia de la guerra y elevada frecuencia de cáncer está plenamente establecida.

Otros estudios sobre la incidencia de cáncer en los supervivientes durante la II Guerra Mundial han mostrado resultados contradictorios. Por ejemplo, los noruegos, que padecieron prolongados periodos de grave restricción calórica, mostraron una incidencia más baja de cáncer colorrectal a lo largo de sus vidas; en tanto que los supervivientes de la hambruna holandesa de 1944 tuvieron una incidencia superior de cáncer de mama.

En el estudio israelí sobre los judíos europeos, el número de cánceres entre los supervivientes de la guerra, era mayor cuánto menor edad tenían durante el periodo bélico. Las mujeres nacidas durante el primer lustro de la década de 1940, los años de la guerra, tuvieron índices de cáncer de mama dos veces y media superiores en relación a las que emigraron en los años que la antecedieron; y los hombres nacidos a finales de la década de 1930 padecieron cáncer colorrectal con casi el doble de frecuencia (1,75 veces más frecuente, para ser precisos).

Los resultados sugieren que las primeras experiencias vitales, incluyendo las condiciones prenatales, tienen un gran impacto sobre los modelos de crecimiento y sobre el sistema endocrino; pero también sobre las respuestas conductuales, que podrían incrementar la susceptibilidad a algunas enfermedades.

 

Dr. José Manuel López Tricas

Farmacéutico especialista Farmacia Hospitalaria

Zaragoza

 

 

 

 

 

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José Manuel López Tricas,
17 nov. 2010 1:49
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